Sobre este Blog

Buena parte de los pacientes que nos llegan a los analistas junguianos, psicoanalistas, psicólogos, psiquiatras y médicos, padecen de depresión. No es raro que esto suceda si se tiene en cuenta que unos 350 millones de personas sufren de esta enfermedad en el mundo. La depresión reduce la capacidad de las personas para enfrentar los retos de la cotidianidad, y ocasiona el deterioro de las relaciones familiares, laborales y sociales. Dentro de las causas para desencadenarla se combinan múltiples factores: genéticos, biológicos, psicológicos y sociales. También pueden contribuir a gestarla situaciones difíciles de la vida, como los duelos de todo tipo, el desempleo, el abuso temprano, los conflictos familiares. Los tratamientos que se recomiendan son igualmente variados, desde modificaciones en el estilo de vida para los casos más leves, hasta los psicoanálisis (no sólo junguianos), psicoterapias y medicamentos, en casos más severos. A pesar de lo anterior, se trata aún de una enfermedad muy poco conocida. Este blog intenta contribuir a divulgar información sobre ella, desde todos los enfoques; pensamos que una crisis mundial como esta necesita de todo tipo de miradas. Hasta la de humor...

martes, 10 de enero de 2017

Rachel Kelly: Lo que aprendí de la depresión y lo que algunos doctores no te dicen

Por:  María Fernanda - Tomado de PSYCIENCIA | 14 de enero de 2016
_______________________________________________


Recuerdo la primera vez que hablé con una persona diagnosticada con depresión sobre su trastorno. Nunca antes había visto un pastillero. El suyo tenía marcados los siete días de la semana en las tapas y era lo suficientemente grande para que entraran las cuatro o cinco pastillas diarias que consumía.

No conversamos mucho (quizás los hechos de que yo fuera adolescente y que nos conocíamos hacía muy poco tiempo pudieron haber influido), pero fue suficiente para dejarme pensando en las cosas que me contó. Me resultó muy intrigante escuchar (por primera vez) que un trastorno de salud mental pudiera tener tantas repercusiones en la salud física, y que fueran así de terribles. Hoy pienso en todas los otras cosas que esta persona pudo haber pasado, que eran inimaginables para mí en ese momento: cómo pudo haber afectado a su trabajo, o a sus relaciones familiares y con otras personas, por ejemplo.

Rachel Kelly, es una ex periodista del London Times y autora del libro Black Rainbow: How Words Healed Me, My Journey Through Depression (Quercus USA) (Arcoiris Negro: Cómo me curaron las palabras, Mi viaje a través de la depresión). Ella, al igual que muchos, antes de padecer depresión tenía una visión limitada de lo que este trastorno significa y trae aparejado. A lo largo de los años fue descubriendo por medio de la experiencia varios aspectos de la depresión que no solo eran nuevos para ella, sino que además son asuntos poco hablados tanto en el consultorio médico como entre pares.

Rachel escribió un artículo muy interesante titulado “Lo que aprendí de la depresión y lo que algunos doctores no te dicen,” en el cual comparte enseñanzas que le ha dejado la experiencia de atravesar por la depresión, con un claro objetivo en la mira: “solo con una discusión más abierta y realista de esta enfermedad podemos reducir el estigma y explorar nuevas curas.”

Comparto con ustedes una traducción de su artículo.

***

Antes de sufrir depresión clínica, pensaba que “estar deprimida” significaba un descenso lento en el letargo y el bajo estado de ánimo. La depresión puede de hecho presentarse de esta manera. Pero mi experiencia fue distinta.

Lo primero que descubrí es que la depresión puede golpear repentinamente. A las 6 p.m. una tarde hace 12 años, yo era una madre de 38 años de edad que recientemente había dado a luz a gemelos. También era una ex periodista del London Times, dando una ruidosa fiesta en el vecindario. Estaba intentando tenerlo todo. Pocas horas después, era suicida.

Puedo recordar el momento en que supe que había perdido mi batalla contra un enemigo terrorífico. Nuestra casa en la pequeña Notting Hill, Londres Oeste, estaba llena con familiares, amigos y vecinos para nuestra fiesta anual de Navidad: habían periodistas, abogados y escritores, así como políticos conservadores, incluyendo varios que podrían postularse para dirigir el país. También estaban los colegas de mi esposo Sebastian, que en ese momento era un banquero junior en Goldman Sachs.

Yo estaba tratando de ser la anfitriona consumada, haciendo que extraños se conozcan como si estuviera coreografeando un baile elaborado. Pero mi error fue pausar brevemente para respirar en la cocina en medio de las copas sucias y las bandejas vacías. En ese momento, sentía como si una trampa se hubiera abierto, y yo estuviera cayendo. Se sintió como si yo estuviera en un avión que estaba a punto de estrellarse.

Esta es la segunda cosa que aprendí sobre la depresión: puede presentarse con síntomas físicos alarmantes. Los míos incluyeron náuseas – me sentía como si estuviera a punto de vomitar y no podía comer. Y pensé que estaba teniendo un ataque cardíaco – mi corazón latía salvajemente.

El síntoma más desagradable fue una activa sensación de miedo porque un desastre estaba por ocurrir. Algo terrible iba a pasar y yo no podía hacer nada para detenerlo.

Un psiquiatra me dio pastillas para dormir, las que me ayudaron a descansar. Pero cuando me despertaba, todos los síntomas volvían. Pronto estaba tomando antidepresivos para tratar mi ansiedad, beta bloqueadores para frenar mi corazón acelerado, otras drogas para reducir las náuseas, y pastillas para dormir a la noche.

El Dr. John Horder, un ex presidente del Britain’s Royal College of General Practitioners (Colegio Real Británico de Médicos Generales), una vez vinculó los efectos físicos de la depresión a dolores coronarios. Dijo que si tuviera que elegir entre sufrir cólicos renales, un ataque cardíaco, o un episodio de depresión severa, el evitaría la depresión.

Un tercer aspecto que descubrí de la depresión, que los psiquiatras naturalmente no tienden a compartir, es el tiempo que puede tomar que los antidepresivos surtan sus efectos. Correctamente, los doctores intentan darnos la esperanza de que nos recuperaremos rápidamente. La Asociación Americana de Psiquiatría es cuidadosa con sus palabras en su sitio web. “Los antidepresivos pueden producir alguna mejora dentro de la primera o segunda semana de uso.” Prestá atención al “pueden.”

Los medicamentos parecían no hacer diferencia alguna, al menos no las primeras seis semanas. El problema fue que esas seis semanas fueron las más largas de mi vida. Durante ese tiempo me sentí suicida y mi único consuelo vino de la oración y la poesía, que me proveían lo que Robert Frost llamó “una estancia momentánea contra la confusión.”

No estoy segura sobre a qué otra cosa podés acudir cuando soñás con terminar tu vida y los fármacos no parecen estar funcionando. Mi linea favorita de Corintios dice “Mi fuerza se perfecciona en la debilidad.” De alguna manera le dio sentido al horror. Emergería más fuerte. Repetiría la frase, como un mantra. Fue la primera muestra de voluntad positiva.

Lo cuarto que aprendí, y de nuevo es algo que los psiquiatras bastante naturalmente no tienden a enfatizar, son los desagradables efectos secundarios que vienen con los antidepresivos. A través de los años, tomé diferentes tipos de antidepresivos, incluyendo los clásicos tricíclicos o TCAS, así como las generaciones más nuevas de píldoras, conocidas como ISRS, o inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina. Todos ellos tuvieron efectos secundarios.

Estos incluyeron el aumento de peso: yo mido 1,52 m., y normalmente peso alrededor de 50 kgs. Los medicamentos me hicieron subir cerca de 8 kgs. También me hicieron sentir náuseas. Algunos hicieron que mi lengua se sintiera entumecida, un desierto detrás de mis dientes. Mis labios se partieron. A veces sentía como si estuviera vestida con plomo. Si, los medicamentos funcionaron en el sentido de que la sensación de estrellarse disminuyó, pero ahora yo era como un insecto atrapado en ámbar. Como para una vida romántica…

La quinta cosa que descubrí, y es otro aspecto de la enfermedad que los psiquiatras tienden a callar, es lo difícil que puede ser dejar los antidepresivos. Después de mi segundo episodio depresivo, me tomó cerca de 18 meses, y durante ese tiempo no pensé en otra cosa.

Lo que aprendí es que los antidepresivos son medicamentos serios para una enfermedad seria, e idealmente deberían ser usados por periodos cortos. No deberían ser comercializados para las caídas de la vida, lo que Freud llamó nuestra “infelicidad humana ordinaria.” Los doctores deben dejar esto más claro.

La sexta cosa que aprendí fue que necesitaba cambiar radicalmente mi vida para reducir mis chances de enfermarme de nuevo. La terapia me enseñó que tenía que reevaluar lo que entendía como definición de éxito. Tenía que enfrentar la verdad incómoda de que tratar de “tenerlo todo” – ser esposa, madre, mujer de carrera y anfitriona –  lleva a la “crisis”.

Mi descenso a la depresión es una historia con moraleja para cualquiera que trata de hacer malabares con las múltiples demandas del trabajo, la familia y sus propias necesidades de estatus y aprobación por encima de su propio bienestar emocional y salud.

Ahora, trato y llevo una vida lo suficientemente buena. Tengo cuidado con mi perfeccionismo implacable, y he intentado desarrollar una voz interna más compasiva, menos juzgadora de mí misma y de otros.

Mi propia caja de herramientas de estrategias para vencer lo que Winston Churchill llamó el “Perro Negro” ejerce los poderes curativos de la poesía, la que conocí por primera vez cuando estaba agudamente enferma. Es gratis, no tiene efectos secundarios, me arraiga en el presente, hace que deje de preocuparme por el futuro o de arrepentirme del pasado, y me da un relato positivo dentro de la cabeza.

El ejercicio es crucial, y también lo es la dieta. Ahora soy partidaria de las vitaminas B (buenas fuentes incluyen atún, lentejas, huevos, legumbres, verduras de hojas verdes), una deficiencia de ellas puede llevar a la “depresión profunda.” Aprender a practicar mindfulness también ayuda a bajar los niveles de estrés – enfocarse sin juzgar en lo que se está experimentando en el momento.

Mi otra estrategia es involucrarme en acciones nobles, lo que George Eliot llamó “actos ahistóricos” de bondad. Siempre me siento mejor después de uno de los taller de poesía que dirijo en nuestra prisión local o después de ser voluntaria para organizaciones benéficas de salud mental.

Desde que escribí lo que me pasó, me dí cuenta de que no estoy sola. Recibí respuestas de cientos de otros cuyas experiencias de depresión fueron similares.

Mi esperanza en compartir lo que aprendí es que todos podamos ser más abiertos sobre las diferentes formas en que la depresión puede afectar a las personas. Es una enfermedad que puede golpear repentinamente, con síntomas físicos horribles, y el tratamiento con medicación no siempre está exento de efectos secundarios o problemas.

Por otra parte, una vida privilegiada no significa una salud privilegiada, y pueden haber altos costos por las múltiples demandas que muchas mujeres en particular afrontan ahora. Solo con una discusión más abierta y realista de esta enfermedad podemos reducir el estigma y explorar nuevas curas – como dejar de lado las fiestas de Navidad.

Podés visitar el sitio web de Rachel: www.blackrainbow.org.uk, o seguirla en twitter @RachelKellyNet.

Fuente: Medicaldaily

Charla con el autor del atlas de la depresión

Por:  Sofía Beuchat - El Mercurio (Chile) | Tomado del diario El Tiempo | 26 de Junio de 2016
_______________________________________________

Andrew Solomon escribió el mejor tratado sobre este mal, que afecta al 15% de los adultos del mundo.
_______________________________________________

“Yacía en mi cama helado, llorando por el hecho de estar demasiado asustado para ducharme, y sabiendo, al mismo tiempo, que no hay nada que temer de una ducha. Pasaba revista a los pasos que debía dar: mueves las piernas y apoyas los pies en el suelo, te pones de pie, te diriges al cuarto de baño, abres la puerta, caminas hasta el borde de la tina, abres la llave, te metes bajo el agua, te frotas con jabón, te sales, te secas, vuelves a la cama. Doce pasos que para mí resultaban abrumadores. En ocasiones rompía a llorar, no solo por lo que no podía hacer, sino por el hecho de que no poder hacerlo me parecía decididamente estúpido (...)”.

Crisis. Así se llama el capítulo más personal de ‘El demonio de la depresión’ (Debate, 2015), libro en el que un atribulado, erudito y muy informado profesor de la Escuela de Psiquiatría de la Universidad de Cornell llamado Andrew Solomon (52 años) demuestra, a partir de su propia experiencia, que estar deprimido no es sentirse triste o pesimista, sino un estado en el que simplemente vivir duele. Y las tareas más sencillas –ducharse, comer, conversar– parecen titánicas.

Le pasó a él poco antes de cumplir 41. Se desmoronó. No durmió y al día siguiente no pudo levantarse. Se quedó tendido en la cama, sin poder hablar ni moverse. “Comencé a llorar, pero sin lágrimas, y el llanto era una suerte de estremecimiento incoherente. Alrededor de las tres de la tarde logré levantarme e ir al baño. Regresé a la cama temblando”, apunta.

La depresión, insiste, no es pena, no es preocupación, no es ‘andar bajoneado’. Es, más bien, una profunda pérdida de vitalidad. “La depresión mayor altera el sueño, los apetitos y la energía, aumenta la sensibilidad al rechazo y puede acompañarse de una pérdida de la confianza en sí mismo y del amor propio. (...) Se trata de una fuerte sensación paralizante, cargada de un sentimiento de inminencia: los depresivos utilizan todo el tiempo la expresión ‘estar al borde de un abismo’ para indicar el paso del dolor a la locura (...)”, dice en este completísimo volumen de casi 700 páginas que su editorial define como “un atlas de la enfermedad”. Tomó cinco años escribirlo y ha sido traducido a 24 idiomas.

Este trabajo ha convertido a Solomon en conferencista y referente académico: junto con su labor como profesor en Cornell, es miembro del directorio del Centro de la Depresión de la Universidad de Michigan y ha sido premiado por su contribución a la salud mental por varias instituciones, entre ellas la Universidad de Yale y la Sociedad de Biología Psiquiátrica de Estados Unidos. Pero Solomon no es psiquiatra ni psicólogo, sino escritor: estudió inglés en Yale y luego obtuvo un máster en lengua inglesa en Cambridge. Comenzó su vida profesional como corresponsal de guerra y hoy está en librerías con ‘Lejos del árbol’ (2015), un libro en el que aborda relaciones entre padres e hijos marcadas por la dificultad.

La primera edición de ‘El demonio de la depresión’, del 2001, obtuvo el National Book Award y fue finalista al Premio Pulitzer. Además, fue seleccionado como uno de los cien mejores de la década por la revista ‘Time’. La crítica alabó la profundidad y la valentía con las que revela su propia experiencia, así como su extensa investigación, que incluye historias humanas, entrevistas con médicos, científicos y farmacológicos, y hasta políticos y filósofos. Este año, una segunda edición llegó a librerías con nuevos capítulos e información actualizada sobre medicamentos y terapias, más un seguimiento de las personas que habían dado su testimonio.

“Cuando comencé a recuperarme de mi primera crisis depresiva, el libro que yo necesitaba leer no existía. Había libros médicos, testimoniales, científicos, históricos, pero nada que reuniera todo eso”, cuenta desde su casa en Nueva York.

“Más que buscar respuestas para mí mismo, quería encontrarlas para ayudar a otros. El libro no hará que nadie deje de estar deprimido, pero al menos lo hará sentir un poco menos superado por lo que le sucede”.

“Y es que a pesar de todo lo que se ha escrito sobre depresión, la gente sigue pensando que es solo tristeza o una pena profunda y larga, pero no una enfermedad que puede ser invalidante”.

“Esto obedece a muchas razones. La primera es la pobreza de lenguaje: usamos la misma palabra para referirnos a un niño que está triste porque cancelaron su partido de fútbol en el colegio que para hablar de alguien que está a punto de suicidarse. Pero más allá de esto está la idea subyacente de que las enfermedades psiquiátricas en su conjunto son algo que la gente puede superar por sí misma, como si no fueran realmente enfermedades”.

¿A qué atribuye eso?

Es así porque aún sabemos poco sobre su bioquímica y origen. Pero también porque todos han pasado por momentos en los que sienten lo mismo que una persona deprimida; se han sentido mal consigo mismos por algunas horas, pero luego logran recomponerse. Otras personas pasan por estas sensaciones día tras día, semana tras semana, mes tras mes. Y las personas que sí han logrado recomponerse no entienden qué tan profunda y física es la experiencia de la depresión; no dimensionan cómo, para los afectados, es realmente imposible salir adelante por sí mismos.

La mayoría recae


A nivel internacional, la depresión es un problema extendido: la Organización Mundial de la Salud estima que la sufren más de 350 millones de personas. La tasa mundial de adultos con depresión es de alrededor del 15 por ciento. Las mujeres son las más afectadas: una de cada cuatro tendrá al menos un episodio de depresión en su vida, mientras que entre los hombres la cifra es uno de cada nueve.

En Colombia, la Encuesta Nacional de Salud Mental 2015, elaborada por la Universidad Javeriana y el Ministerio de Salud, reveló que el 10 por ciento de los adultos del país están afectados por problemas mentales de distinto orden, y que uno de cada cuatro de estos adultos sufre de depresión.

Según la OMS, el 75 por ciento de los pacientes que han tenido depresión volverán a tenerla a lo largo de su vida. Por eso, para Solomon, la depresión debiera ser considerada una enfermedad crónica y recibir tratamiento permanente, tal como la diabetes.

“La depresión –explica– es una batalla extenuante. Una vez que la reconoces, requiere control de por vida. Hay gente que se deprime una vez, se recupera y nunca más vuelve a enfrentar esta enfermedad. Pero la mayoría de las personas que se deprimen una vez vuelven a deprimirse, y quienes lo hacen dos o tres veces más tienen muchas probabilidades de repetir el problema, a menos que reciban un tratamiento exitoso que les permita romper ese ciclo”.

Él mismo, apenas empieza a sentir que se acerca un nuevo período depresivo, comienza a prepararse: cancela compromisos que puedan ser muy agotadores o estresantes y se preocupa de regular su sueño, hacer deporte y cuidar su alimentación, lo cual, según sus hallazgos y experiencia personal, atenúa bastante el golpe depresivo. Y sigue siempre con su terapeuta y sus antidepresivos, además de preocuparse por mantener contacto con la gente que quiere.

Muchas personas que sufren depresiones severas no logran el éxito en sus trabajos, formar pareja o construir una familia, pues pasan mucho tiempo sin poder producir o relacionarse con los demás. Pero este conjunto de aparentemente simples acciones, asegura Solomon, es lo que le ha permitido construir, pese a los bajones cíclicos que lo aquejan, una carrera profesional exitosa. Además, ha podido asumir un no poco desgastante rol como activista por la diversidad sexual y tener una familia: Solomon está casado con John Habich, con quien tiene un hijo adoptado. También tiene un hijo biológico con una compañera de universidad y es padre de dos niños de madres lesbianas.

“Uno no escucha a una persona que tuvo un ataque al corazón decir que dejó los medicamentos por un rato; sabe que si lo hace podría volver a tener otro ataque. Pero sí oyes todo el tiempo a personas que cuentan que estuvieron deprimidas y decidieron controlar el tema por sí mismas, o que dejaron los fármacos porque ya se sentían mejor, y luego tienen grandes recaídas. No hay que exponerse continuamente a esto; mientras más depresiones tengas, más difíciles serán de tratar. La gente cree que es fuerte al dejar a su terapeuta o sus medicamentos, pero no están siendo fuertes o valientes, lo que son es unos necios”.

Mucha gente se resiste a tomar medicamentos o está en contra de ellos por otro tipo de razones...

Yo no quiero obligar a nadie a tomarlos. Mi experiencia es que son extremadamente poderosos y efectivos y que pueden hacer una diferencia. La gente que ha decidido no ingerirlos ha tomado una decisión, y es su responsabilidad. Pero muchas veces esta decisión viene de un miedo que me parece irracional; es una ansiedad basada en prejuicios. Actúan como si tomar un medicamento fuera como perder la virginidad; un paso adelante sin retorno. Yo pienso que es mejor probar y ver.

Se ha dicho que usted propone una fórmula basada en ‘amor y pastillas’...

Esa es una visión muy reduccionista. Lo que yo digo es que, en mi caso, fue útil tener un buen terapeuta, fue útil tomar medicamentos y fue bueno haber tenido la fortuna de contar con una familia y un grupo de amigos que me dieron mucho apoyo. El amor es un sostén fuerte, y cuando no lo tienes, salir de una depresión es más difícil.

Pero no siempre es fácil estar cerca de un depresivo. El enfermo muchas veces se retrae a tal punto que construye a su alrededor una barrera impenetrable, infranqueable...

Los depresivos suelen sentir que la interacción con otros es demasiado desgastante. Pero lo peor que los demás pueden hacer es dejar que se aíslen, porque en soledad es cuando estas personas más se hunden. Si el depresivo no quiere conversar, simplemente hay que sentarse a su lado en silencio. A veces ni siquiera toleran eso; entonces hay que instalarse afuera, al lado de la puerta. No puedes irte, tienes que mantenerte involucrado y asegurarte de que el enfermo sienta –sepa– que es amado, con depresión o sin ella.

¿Cuál es límite?

No se trata de hacer que alguien baile con una pierna rota. Pero tampoco puedes dejar que la otra persona se desvanezca en su depresión. Con suavidad, hay que sugerirles que hagan cosas simples, empujarlos siempre un poco más allá, pero de manera amorosa, no exigente.

¿Pastillas o ayuda psicológica?

La intensidad con la que algunas personas viven la depresión las lleva a pensar que se trata de algo meramente fisiológico; un problema químico en su cerebro, del que la persona no es en absoluto responsable. Pero esta visión, según Solomon, no solo es incompleta sino además peligrosa. Hace que muchos pacientes piensen que un medicamento pondrá todo en su lugar. Y no es así.

Solomon afirma que todas las experiencias humanas pueden explicarse químicamente, pero esto no significa que deban tratarse solo químicamente o solo con una terapia psicológica.

“La gente dice: ‘me deprimí porque me pasó algo terrible, entonces no creo que tenga que tomar este fármaco’. O al contrario, que la depresión simplemente llegó, no sabemos de dónde, entonces es algo químico y lo único que hay que hacer es tomar una pastilla. La verdad es que ambos tipos de tratamiento pueden ser efectivos, sin importar cuál sea el origen de la depresión, y que causa y tratamiento son variables independientes”.

Si bien Solomon explora en profundidad todos los tratamientos disponibles, incluidos los alternativos, no intenta develar cuál es el mejor: la enfermedad, explica, es multicausal, y lo que a una persona le sirve, a otra no. Sin embargo, propone un camino que llama ‘forge meaning, construct identity’ (crea significado, construye identidad). En términos simples, esto implica aceptar la depresión como algo propio de la persona afectada, y luego buscarle un sentido.

En su caso personal, ¿qué sentido encontró a todo su sufrimiento?

La depresión me ayudó a ser más sensible, a entender mejor a los otros. Comprendo ahora que el funcionamiento normal de la mente puede ser interrumpido por una enfermedad que te puede hacer actuar de maneras en las que quisieras no actuar, y eso me hace perdonar las alteraciones en los demás. Me ayuda a entender que los cambios de humor en mis hijos no están necesariamente bajo su control y que su conducta debe ser entendida en un contexto. Agradezco cada día en el que me levanto y me siento bien, porque sé cuán doloroso puede ser existir. Esto me hace vivir la vida más intensamente. Lo más importante es que he ganado mucha intimidad conmigo mismo. Me conozco mucho mejor que si nada de esto me hubiera pasado.


Introducción a mi ansiedad

Por Airita
___________________________________________

El siguiente documento corresponde a otro comentario que hizo una visitante de nuestro Blog. Al igual que el anterior de María, me tomo la licencia de publicarlo como entrada. Son testimonios que al compartirse, ayudan a otras personas que padecen molestias semejantes, en este caso de ansiedad y depresión, a saber que no son los únicos que las sufren. Airita creó un Blog para contar su caso: Delirios de Ansiedad.
____________________________________________  

Hola!! Soy una persona a la que han diagnosticado de trastorno por angustia y depresion... he creado un blog en el que pretendo desahogarme y avanzar poco a poco. Si quereis verlo os dejo el enlace (Se menciona arriba)

No es la primera vez que tengo ansiedad, hace unos 10 años ya tuve que padecer de este mal una temporada, en aquel caso si conocía la razón, así que un poco de psicología y un mucho de coraje me ayudaron a tomar la única decisión posible para alejarme de la fuente del mal, y así hice.

Años más tarde, en el verano de 2014 empezó el caos, una serie de catastróficas desdichas me avocaron al limite del precipicio… no se si decir que caí, porque a fin de cuentas aquí sigo, lo que sí digo es que al menos estuve pasando mucho tiempo en la cuerda floja.

Una bonita tarde de verano en las fiestas de mi pueblo se desencadenó lo que para mi en aquél momento era el principio del fin, un desmayo, no fui yo la que lo padeció, pero es seguro que eso hizo una gran herida en mi cabeza, aunque hay que decir que aquel desmayo no fue importante y la persona en cuestión, casi 3 años después está bien.

Una semana más tarde, otra bonita y maravillosa tarde de fiestas de mi pueblo, con todos mis amigos, un segundo desmayo, de un amigo en este caso, de verdad pensamos que había muerto en el acto, por suerte no fue más que un susto, grande, pero susto, y en ese momento, sin yo saberlo, tuve mi primer ataque de ansiedad tal y como hoy los concibo.

Esto fue un viernes por la tarde, esa madrugada, cuando me acosté, tuve mi segundo ataque de ansiedad, recuerdo que pensaba que tenia frío, no era consciente de que en realidad estaba en pánico.

El sábado fue mejor, lo pasé bien con mis amigos, me reí, bebí, bailé… todo perfecto, lo que se espera un buen sábado en las fiestas de tu pueblo.

Ese domingo me desperté algo rara, no se que me pasó, pero si se que no me quise quedar aquella noche de domingo en el pueblo, el último día de las fiestas, que siempre lo pasaba el que mejor, pero mi cabeza me decía que me fuera y eso hice, irme, cosa que agradezco enormemente, ya que esa misma noche un señor falleció en mi pueblo de un infarto, he de decir que no conocía a ese señor, ni siquiera era del pueblo, pero tantas heridas en la cabeza en tan pocos días…

El lunes me enteré de esta noticia, no estaba mal, ni nerviosa ni nada, continué mi día a día normal, el martes ídem de ídem, hasta que llegó la noche.

Después de hacer el amor con mi novio, cuando íbamos a dormir se apoderó de mí una enorme oscuridad que me paralizó completamente, solo podía temblar y pedir agua y agua, allí se desató la peor de las pesadillas.

El miércoles recuerdo pasarlo todo el día muy nerviosa, pensando fatalidades, temblando, sin querer estar sola y por fin fui al hospital, con 120 pulsaciones estando en reposo, sin apenas poder hablar ya que la tiritera me lo impedía, con un dolor corporal desesperante y me dijeron tranquila es ansiedad…

¿Tranquila? No podía estar tranquila, lo primero que hice según salí del hospital fue pedir a mi novio que me llevara a casa de mis padres, que estaban en el otro pueblo. Eso hizo, nunca sabré si fue lo correcto o no, sólo se que no podía hacer otra cosa.

Desde ese mismo instante, un 16 de julio aproximadamente fui incapaz de quedarme sola un solo segundo de mi tiempo, no dormía apenas, me daba miedo salir a la puerta de mi casa, no paraba de llorar, no era capaz de ir a hacer pis si no me acompañaba alguien, incluso llegue a estar una semana entera sin ducharme porque no me atrevía a meterme sola en la ducha. Dos meses de agonía, ansiolítico tras ansiolítico y visitas regulares al hospital, cada rato pensaba que me estaba muriendo o dando un infarto o que estaba por venir.

Entre medias hubo mini avances, pero no duraban más de media hora.

Por fin, a finales de agosto me recibió el psiquiatra, me evalúo y obviamente me puso tratamiento (digo obviamente porque debe ser el procedimiento habitual)

Ahí empezó a encenderse la luz, no automáticamente claro, pero se empezó a abrir el cielo. Poco a poco la medicación hizo efecto y mis ganas también tuvieron algo que ver, claro está, que por mucha pastilla si tu no pones de tu parte no hay nada que hacer.

En resumen para no alargarme, conseguí dejar las pastillas en agosto de 2016, tras dos años completos en tratamiento, no fue fácil pero lo logré, siempre, insisto, siempre con la supervisión médica correspondiente y siguiendo las pautas marcadas.

Todo agosto fue bien, septiembre mejor, octubre maravilloso, noviembre empezó bien… pero la oscuridad volvió, no tengo esta vez una razón o tal vez una excusa en la que ampararme para justificarlo, pero volvió, la ansiedad volvió, no tan agresiva pero si limitando ciertas áreas de mi vida.

Decidí ponerme manos a la obra sin perder mucho tiempo, porque después de haber estado muy hundida, garantizo que la última cosa que quieres es pasar de nuevo por lo mismo, busqué ayuda profesional.

Estas mismas navidades he empezado a ver a una psicóloga para realizar una terapia cognitivo-conductual, hoy ha sido la segunda sesión que hemos tenido.

Esta vez la cosa parece un poco más fea pero sin embargo en vez de verlo negro, lo veo gris, digo que parece más fea pero sin embargo en vez de verlo negro, lo veo gris, digo que parece más fea ya que además de ansiedad o trastorno por angustia como lo llamó el psiquiatra, tengo depresión.

Ciertamente hay días en los que no hago nada, nada, solo jugar al móvil, ver tele y fumar, además de autocompadecerme, porque creo que lo hago, y estar de mal humor, pero por lo menos tengo ganas de ponerme bien.

Esta vez no estoy medicada, solo ansiolíticos, no antidepresivos, ya que por una lado lo prefiero y por otro, el psiquiatra y la psicóloga tampoco lo consideran vital, por lo tanto seguir.

Miedos tengo miles, o millones no lo se, a veces respirar me duele y levantarme de la cama me supone un ejercicio de lo más complicado, lo que si se es que cuanto antes me ponga a arreglarme mejor será y más estable.

Estoy contenta por que me han dejado claro que esto es como todo, una enfermedad que hay que pasar, hay que entenderla, controlarla, superarla o vivir con ella, pero en cualquier caso hacer que forme parte de ti y te permita seguir con tu vida, vivir de otro modo, no sobrevivir que es lo que llevo haciendo desde verano de 2014.

Tengo claro que quiero vivir, y voy comprendiendo que hasta en lo peor de lo peor hay algo bueno, y si no se encuentra, se busca, porque haberlo, hailo.

Seguiré escribiendo avances o retrocesos, seguro que avances, y pautas… Siempre me ha gustado mucho escribir, aunque soy más de poesía, pero escribir libera o al menos a mí, por eso lo hago de esta manera, no hablo con nadie pero tampoco me lo quedo dentro.

Tal vez con los días vaya entrando en detalles de todo lo acontecido desde julio de 2014 hasta hoy, lo mismo consigo entender más a fondo que fue lo que hundió y que fue lo que me levantó, lo primero para evítarlo y lo segundo para buscarlo y no solo volver a levantarme, si no jamás volver a caerme.