Sobre este Blog

Buena parte de los pacientes que nos llegan a los analistas junguianos, psicoanalistas, psicólogos, psiquiatras y médicos, padecen de depresión. No es raro que esto suceda si se tiene en cuenta que unos 350 millones de personas sufren de esta enfermedad en el mundo. La depresión reduce la capacidad de las personas para enfrentar los retos de la cotidianidad, y ocasiona el deterioro de las relaciones familiares, laborales y sociales. Dentro de las causas para desencadenarla se combinan múltiples factores: genéticos, biológicos, psicológicos y sociales. También pueden contribuir a gestarla situaciones difíciles de la vida, como los duelos de todo tipo, el desempleo, el abuso temprano, los conflictos familiares. Los tratamientos que se recomiendan son igualmente variados, desde modificaciones en el estilo de vida para los casos más leves, hasta los psicoanálisis (no sólo junguianos), psicoterapias y medicamentos, en casos más severos. A pesar de lo anterior, se trata aún de una enfermedad muy poco conocida. Este blog intenta contribuir a divulgar información sobre ella, desde todos los enfoques; pensamos que una crisis mundial como esta necesita de todo tipo de miradas. Hasta la de humor...

domingo, 28 de mayo de 2017

"Depresión: hablemos", dice la OMS, mientras la depresión encabeza la lista de causas de enfermedad

Por:  Organización Mundial de la Salud OMS | 4 de abril de 2017
_______________________________________________

Ginebra/Washington, 30 de marzo de 2017 (OMS/OPS)- Se estima que cerca de 50 millones de personas en la Región de las Américas viven con depresión, casi un 17% más que en 2005

La depresión es la principal causa de problemas de salud y discapacidad en todo el mundo. Según las últimas estimaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS), más de 300 millones de personas viven con depresión, un incremento de más del 18% entre 2005 y 2015. La falta de apoyo a las personas con trastornos mentales, junto con el miedo al estigma, impiden que muchos accedan al tratamiento que necesitan para vivir vidas saludables y productivas.

Las nuevas estimaciones se han publicado como anticipo previo al Día Mundial de la Salud el 7 de abril, el punto más alto de la campaña anual de la OMS "Depresión: hablemos". El objetivo general de la campaña es que cada vez más personas con depresión, en todo el mundo, busquen y obtengan ayuda.

La doctora Margaret Chan, directora general de la OMS, dijo: "Estas nuevas cifras son un llamado de atención a todos los países para que reconsideren sus enfoques sobre la salud mental y la traten con la urgencia que merece".

En las Américas, cerca de 50 millones de personas vivían con depresión en 2015, alrededor del 5% de la población. "La depresión nos afecta a todos. No discrimina por edad, raza o  historia personal. Puede dañar las relaciones, interferir con la capacidad de las personas para ganarse la vida, y reducir su sentido de la autoestima", señaló la Directora de la Organización Panamericana de la Salud (OPS), Carissa F. Etienne. Sin embargo, dijo, "incluso la depresión más grave se puede superar con un tratamiento adecuado”.

Una de las barreras para buscar tratamiento son los prejuicios y la discriminación. "El continuo estigma asociado con la enfermedad mental fue la razón por la que decidimos nombrar nuestra campaña Depresión: hablemos", sostuvo el director del Departamento de Salud Mental y Abuso de Sustancias de la OMS, Shekhar Saxena.

Necesidad urgente de mayores inversiones

Un aumento en la inversión también es necesario. En muchos países, no hay, o hay muy poco, apoyo disponible para las personas con trastornos de salud mental. Incluso en los países de ingresos altos, casi el 50% de las personas con depresión no reciben tratamiento. En promedio, sólo el 3% de los presupuestos de salud de los países se invierte en salud mental, variando de menos del 1% en los países de bajos ingresos al 5% en los países de altos ingresos.

La inversión en salud mental beneficia el desarrollo económico. Cada dólar invertido en la ampliación del tratamiento para la depresión y la ansiedad conduce a un retorno de 4 dólares en mejor salud y habilidad para trabajar. El tratamiento por lo general implica una psicoterapia o medicación antidepresiva o una combinación de los dos. Ambos enfoques pueden ser proporcionados por trabajadores de salud no especializados, siguiendo un curso corto de capacitación y utilizando la Guía de Intervención de mhGAP de la OMS. Más de 90 países -23 de ellos de las Américas-, de todos los niveles de ingresos, han introducido o ampliado programas que proporcionan tratamiento para la depresión y otros trastornos mentales usando esta guía.

La falta de acción es costosa. Según un estudio dirigido por la OMS, que calculó los costos de tratamiento y los resultados de salud en 36 países de ingresos bajos, medios y altos durante los 15 años que van de 2016 a 2030, bajos niveles de reconocimiento y acceso a la atención de la depresión y otros trastornos mentales comunes, como la ansiedad, resultan en una pérdida económica global de un billón de dólares cada año. Las pérdidas son incurridas por los hogares, los empleadores y los gobiernos. Los hogares pierden financieramente cuando la gente no puede trabajar. Los empleadores sufren cuando los empleados se vuelven menos productivos y son incapaces de trabajar. Los gobiernos tienen que pagar mayores gastos de salud y bienestar.

En las Américas, casi 7 de cada 10 personas con depresión no reciben el tratamiento que necesitan. "Debemos actuar ahora para cerrar la brecha que separa a las personas con trastornos mentales de los servicios de salud que necesitan", abogó la jefa de la Unidad de Salud Mental y Abuso de Sustancias de la OPS/OMS, Dévora Kestel.

Riesgos para la salud 

La OMS ha identificado fuertes vínculos entre la depresión y otros trastornos y enfermedades no transmisibles. La depresión aumenta el riesgo de trastornos por uso de sustancias y enfermedades como la diabetes y las enfermedades del corazón; lo contrario también es cierto, lo que significa que las personas con estas otras condiciones tienen un mayor riesgo de depresión.

La depresión también es un factor de riesgo importante para el suicidio, que reclama cientos de miles de vidas cada año.

El doctor Saxena señaló: "una mejor comprensión de la depresión y cómo se puede tratar, aunque esencial, es sólo el comienzo. Lo que tiene que seguir a continuación es la ampliación sostenida de los servicios de salud mental accesibles a todos, incluso a las poblaciones más remotas del mundo".

La depresión es un trastorno mental frecuente, que se caracteriza por la presencia persistente de tristeza y una pérdida de interés en actividades que las personas normalmente disfrutan, acompañada de una incapacidad para llevar a cabo las actividades diarias, durante 14 días o más.

Además, las personas con depresión normalmente padecen varios de los siguientes: pérdida de energía; cambio en el apetito; dormir más o menos; ansiedad; concentración reducida; indecisión; inquietud; sentimientos de inutilidad, culpa o desesperanza; y pensamientos de automutilación o suicidio.

.

Entre deprimidos y felices

Por:  Editorial - Tomado de El Tiempo | 6 de marzo de 2017
_______________________________________________

Ya es hora de levantar el velo a la depresión y ubicarla en su verdadera dimensión.

La depresión es hoy la enfermedad mental más común, tanto que su incidencia creciente –tiene a 322 millones de personas enfermas en el mundo– ha desplazado a otros trastornos más publicitados, como la ansiedad y el estrés; condiciones que, sumadas a las pérdidas ocasionadas por este mal, en términos de recursos y vida saludable, tienen en alerta a las autoridades sanitarias del planeta.

No en vano, los investigadores la califican de pandemia silenciosa y otros, más coloquiales, la llaman la ‘gripa psicológica’, dada su cotidiana presencia en todos los niveles de la sociedad. En Colombia, por ejemplo –según la Organización Mundial de la Salud, que acaba de publicar un inquietante informe al respecto–, 4,7 por ciento de la población convive con este diagnóstico. Unas décimas por encima del promedio mundial (4,4 por ciento), con lo cual nadie puede quedar tranquilo.

Esto, en razón a que estudios locales y voces autorizadas, como la de la Asociación Psiquiátrica de América Latina (Apal), aseguran que bajo este promedio se esconde una realidad mucho más dramática, sobre todo en niños, ancianos y mujeres, en los que estas cifras pueden alcanzar rangos de entre el 13 y el 19 por ciento, con el agravante de que solo uno de cada diez de estos enfermos recibe el tratamiento que requiere.

Y aunque resultaría fácil buscar los responsables en el sistema de salud, que, dicho sea de paso, sí presenta evidentes grietas en la forma de atender a esta población, lo cierto es que la marcada estigmatización que padecen estos enfermos, en un país que se jacta de estar en el podio de los más felices, pesa más en el momento de atacar de frente tan grave problema. Todo porque las víctimas prefieren callar y padecer en solitario esta tragedia, que muchos les minimizan al considerarla un mero quiebre de la voluntad.

Ya es hora de levantarle el velo a la depresión, limpiarla de eufemismos y ubicarla en su verdadera dimensión. Solo así se podrán frenar sus crecientes daños, que, de cualquier manera, ya nos afectan a todos.

Test: ¿ha pensado si sufre de depresión, la epidemia universal?

Por: Salud - Tomado de El Tiempo | 7 de mayo de 2017
_______________________________________________

Este trastorno causa 800.000 muertes al año y la OMS le dedica el Día Mundial de la Salud al tema.

Se podría decir que la depresión es una enfermedad universal. Y no sería una exageración, porque a diferencia de tantos males que afectan a la humanidad, esta ataca sin distingo a personas de todas las edades, todas las condiciones sociales y todos los países.

La cifra es fría. La Organización Mundial de la Salud (OMS) calcula que son más de 322 millones de personas en todo el planeta (el por 4,4 ciento de la población) quienes sufren de este trastorno mental que tiende a refugiarse en el silencio y el desconocimiento. Justamente por eso, el ente que dicta los lineamientos sanitarios aprovechó su jornada anual, este viernes 7 de abril, para difundir las aristas de este mal. 

Para no ir muy lejos, hace apenas dos meses, en febrero pasado, la misma OMS reveló las estadísticas más actualizadas sobre el alcance de la depresión en el mundo. Y ahí Colombia se ubica por encima del promedio global, con un 4,7 por ciento de su población afectada. Son unos 2,4 millones de colombianos los afectados, que equivale a todos los habitantes de Cali, la tercera capital del país.

Y aunque en el informe de la OMS otros de la región como Brasil, Cuba, Paraguay, Chile y Uruguay estuvieron peor posicionados que Colombia –con prevalencias por encima de los cinco puntos–, no deja de preocupar la expansión incesante de la depresión, considerada, desde ya, como la enfermedad más frecuente del mundo para el 2020, por encima de otras como las cardiovasculares y el cáncer.

Esa expectativa es exacerbada, por ejemplo, por factores como la falta de atención. Se calcula que más de la mitad de los afectados en el mundo y más del 90 por ciento en muchos países no reciben los tratamientos necesarios, cosa que impulsa a que cada año cerca 788.000 personas mueran por esta causa, la mayoría por suicidio.

El psiquiatra Jorge Téllez, presidente de la Asociación Colombiana de Psiquiatría Biológica, asevera, justamente, que comportamientos suicidas se pueden explicar porque la depresión, una enfermedad crónica e invalidante, “limita la autoestima, altera las relaciones interpersonales, disminuye las funciones cognitivas y los desempeños laboral y académico”.

Hay que sumar como detonantes la falta de personal médico capacitado –que lleva a evaluaciones clínicas inexactas o erróneas– y la estigmatización que tienen los trastornos mentales.

El relator especial de la ONU sobre el derecho a la salud, Dainius Püras, afirmó esta semana, de cara al día mundial de la salud, que hay “crecientes pruebas” que sugieren un vínculo entre la depresión y adversidades en la infancia temprana, desigualdades, inseguridad y violencia y su efecto desproporcionado en personas vulnerables como las afectadas por la pobreza y la exclusión social.

En ancianos, un problema mayor
Los adultos mayores conforman el grupo más afectado por la depresión. De acuerdo con la Asociación Colombiana de Psiquiatría (ACP), este trastorno alcanza una prevalencia que bordea el 10 por ciento de esta población; “casi el doble del promedio nacional que es de 4,7 por ciento”, dice Rodrigo Córdoba, presidente de la Asociación Latinoamericana de Psiquiatría.

Pero estos promedios palidecen, según Marcela Álzate, presidenta de la ACP, con el 37 por ciento de prevalencia de depresión en personas mayores que han estado en unidades de cuidado crítico. “Es como decir que más de la tercera parte de los ancianos que tienen enfermedades graves padecen depresión, con el agravante de que la mayoría de las veces no se les ha atendido de manera integral”, asegura la especialista.

A esto se suma un problema mayor y es que los síntomas depresivos en estas edades configuran, en sí mismos, factores de riesgo para la aparición de cuadros demenciales. Esto bajo la hipótesis, dice Córdoba, de que el daño en las arterias cerebrales –común en estas edades– favorece la aparición de cuadros cognitivos y depresivos.

Otro aspecto que torna difícil la aproximación a este mal en los ancianos son los antecedentes de patologías mentales diferentes, como el trastorno bipolar y la esquizofrenia, porque frente a un diagnóstico de depresión, puede confundirse un primer episodio con la agudización de un problema que ya existía.

También son factores de riesgo en estas edades las enfermedades crónicas como la diabetes, las cardiovasculares y el cáncer, las cuales, se ha comprobado, profundizan el aislamiento, la soledad y la escasa interacción social de los mayores y producen desenlaces emocionales encabezados por la depresión. “Esto es dramático y silencioso, sobre todo, en las mujeres, porque parece que en ellas existe una predisposición mayor para adquirir este mal”, dice Córdoba.

Amenaza en los niños
Aunque en Colombia no existen cifras oficiales, en las consultas de psiquiatría pediátrica se ha evidenciado un incremento de depresión en niños. La mitad de ellos padece este cuadro. Esta situación, sumada a la dificultades técnicas para hacer un diagnóstico correcto de esta patología en niños, oculta un problema que puede tener desenlaces graves. Es urgente ubicar la depresión infantil en el lugar adecuado desde el punto de vista sanitario y social. La genética y la herencia determinan la predisposición a esta patología, que puede ser detonada por factores ambientales y sociales.

Las teorías planteadas por la psicoendocrinología relacionan de manera causal la depresión en la infancia con factores como: embarazo no deseado, maternidad temprana, carencias económicas y maltrato de las madres. De igual forma la ausencia del padre, la inclusión en una escuela desarticulada de procesos de construcción de valores y que replica las amenazas del hogar. Si a esto se agrega el abandono en la infancia, el maltrato y las carencias en estas edades, es fácil entender el desborde de la depresión. El sistema de salud debe incluirla en sus modelos de atención. 

Por: Olga Albornoz Salas. Psiquiatra de niños.

Una tristeza que no se va
La depresión es una grave enfermedad que afecta física y mentalmente el modo de sentir y pensar, al punto que convoca deseos de alejamiento y de abandono y empuja a quienes la padecen a una descomunal falta de interés y de gusto por las cosas más elementales.

Es una inmensa tristeza o melancolía que no se va y que, al contrario, se afianza con los días. Con ella están sensaciones de inutilidad y desesperanza que invitan, perversamente, a los afectados a darse por vencidos, con el agravante de que se desencadenan tensiones personales que refuerzan una trágica espiral de angustia y desespero.

Pero esto no es todo, porque a esta comparsa se pueden sumar síntomas como insomnio, pérdida del apetito o ganas irrefrenables de comer, irritabilidad, culpa, cansancio e incapacidad para concentrarse; los mismos que muchas veces desvían la atención del cuadro depresivo y terminan por orientar malos diagnósticos y tratamientos.

Puede ser tratada
Según la Asociación Colombiana de Psiquiatría; Instituto Nacional de Salud Mental de EE. UU., a pesar de ser una patología deletérea en toda su dimensión, es posible tratarla de manera efectiva. Todo empieza con un diagnóstico temprano y acertado de un especialista. En la intervención terapéutica se encuentran los medicamentos y la psicoterapia, por separado o combinados, según la severidad de los síntomas, los antecedentes de la enfermedad y la preferencia de los pacientes.

Lamentablemente, muchas personas no buscan tratamientos por temor a ser señalados como dementes o faltos de carácter o por considerar que es un cuadro pasajero que puede ser abordado con fuerza de voluntad y de manera autónoma. Ideas erróneas que agravan la situación.

Los medicamentos buscan restablecer el equilibrio de sustancias que favorecen el ánimo en el cerebro. Son los antidepresivos que no generan dependencia, de los que existen diferentes tipos y que requieren de un tiempo, medido en semanas, para que produzcan efectos. De ahí que requieren disciplina de los pacientes a la hora de consumirlos y control regular del médico para ajustar la dosis cuando se deba.

En la psicoterapia existen diferentes tipos que se pueden brindar de manera individual, familiar o grupal, según las condiciones de cada paciente.

Las estadísticas muestran que si los abordajes terapéuticos son oportunos y adecuados, ocho de cada diez pacientes obtienen mejoría clínica evidente.

Test para saber si  los signos lo acechan
Si sospecha que usted o alguien cercano padece de depresión, aplique y conteste el siguiente cuestionario que le ayudará a identificarla. Hágalo honestamente y lea dos veces cada pregunta.

¿Está confundido, porque no sabe si está triste o enfermo de depresión?
¿Se siente triste, ansioso, o tiene un sentimiento de vacío permanente?
¿Tiene sentimientos de culpa, no le encuentra sentido a su vida, o está desesperado?
¿Tiene problemas para concentrarse, memorizar o tomar decisiones?
¿Se siente muy cansado, débil o sin energía?
¿Tiene problemas para dormir, padece de insomnio o se da cuenta de que está durmiendo demasiado?
¿Ha perdido el apetito y el interés en comer, o por el contrario encuentra que está comiendo todo el tiempo?
¿Se siente irritado o desesperado?
¿Tiene dolores y sufrimientos que no se alivian por más que lo ha intentado?
¿Ha perdido interés en actividades que antes disfrutaba, incluyendo el sexo?
¿Tiene sentimientos como desespero, abandono, pesimismo o desesperanza?
¿Tiene pensamientos suicidas o de muerte?

Resultados:

Consulte de manera inmediata con un especialista si:
Ha tenido cinco o más de estos síntomas por más de dos semanas o si dos de ellos le están afectando su vida.
Nota: tenga en cuenta que esto es una guía, no una herramienta de diagnóstico certero.

Guía para estar a kilómetros de la depresión

Por:  Salud - Tomado de El Tiempo | 23 de mayo de 2017
_______________________________________________
Un nuevo libro que orienta y ayuda a quienes padecen esta enfermedad. Entrevista con la autora

Luego de superar un episodio agudo de depresión mientras estudiaba en Estados Unidos, Alexandra González, maestra en artes y traductora, escribió el libro El mundo de la gratitud. Su testimonio será pieza central del Congreso Internacional ‘Reposando en el nido del águila’, que se realizará en Bogotá este sábado. Entrevista.

¿Cuándo se dio cuenta de que tenía depresión?
Vi que mis niveles de sensibilidad eran cada vez mayores, lloraba por todo, me angustiaba, empecé a tener una visión fatalista del mundo y, en consecuencia, empecé a padecer insomnio e inapetencia.

¿Cómo era esa lucha interna para superar la depresión?
Era una situación paradójica. Quería salir de esa situación de pesadumbre, pues en mi interior creía en la felicidad y la esperanza. Pero querer no era suficiente, seguía teniendo los mismos hábitos de soledad y aislamientos, lloraba constantemente, desesperanzada y sin pedir ayuda.

En su caso, la depresión iba acompañada de soledad... 
¡Es un peligro! Pues es sentirse erróneamente incomprendida. Es hacer un megaenfoque en uno mismo y sus ‘magnos’ problemas, ignorando que el mundo es más grande que uno mismo. De hecho, al socializar, ayudar a otros y compartir con ellos es que vienen las salidas, las ideas, los descubrimientos y la satisfacción que da el vivir lejos de una vida egoísta.

Cuando estudiaba en Estados Unidos, se agudizó la depresión en su vida
Fue un momento de quiebre, precedido de un afán por salir de mi país, pues estaba cansada de todo y de todos. Estuve en un lugar rural en Montana, en donde sufrí afrentas por ser latina, lo cual despertó en mí sentimientos como tristeza y ansiedad. Además, no entendía qué me decían en inglés, y me frustré.

Mi propósito era mejorar mi inglés. Al comienzo fue difícil y frustrante. Estudiaba con norteamericanos, y no tuve oportunidad de tener amigos de otras culturas. Así, mis niveles de estrés subieron y solo quería ser excelente académicamente para demostrar que todos somos inteligentes y capaces, y que el intelecto va más allá de ser latino o de primer mundo.

¿Cuál fue el punto de quiebre de esta afección ? 
Cuando algo que había iniciado en el área emocional afectó mi área espiritual y física. De la angustia, preocupación, soledad y frustración pasé al insomnio, inapetencia y a tener delirios. Llegué a estar internada en clínica con unos dolores de cabeza que se alcanzaron a diagnosticar como amnesia y esquizofrenia depresiva.

¿Por qué escribió el libro?
Me di cuenta de que siendo agradecida mantengo la depresión a kilómetros. Ser agradecido trae felicidad y plenitud. Alguien depresivo ve lo negativo, se queja, no ve soluciones y está del lado del pesimismo. El agradecido ve salidas, aprecia lo que tiene y está preparado para ser promovido. Así que empecé a hacer listados de gratitud que redundaron en el libro, fruto del trabajo en equipo y anhelo por ayudar a otros.

Depresión en Colombia es más alta que el promedio en el mundo

Por:  Salud - Tomado de El Tiempo | 24 de febrero de 2017
_______________________________________________



Un nuevo informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS) sobre la depresión, un mal que afecta al 4,4 por ciento de la población del planeta,ubica a Colombia por encima del promedio mundial, lo que genera preocupación entre las autoridades en este tema.
Según la OMS, este trastorno mental afecta al 4,7 por ciento de los colombianos, un porcentaje que, según algunos estudios desarrollados en el país, podría llegar hasta los 19 puntos.

Aunque la investigación no profundiza en los resultados puntuales sobre el país –se trata de un informe global basado en cifras del 2015–, sí permite contrastar cómo estamos respecto al resto del mundo, donde unas 322 millones de personas viven con depresión, entre quienes las mujeres, los jóvenes y los ancianos son los más propensos.
En el contexto regional, a Colombia no le fue tan mal en el informe de la OMS. En América Latina, Brasil es el país con mayor prevalencia de depresión, con 5,8 por ciento, seguido de Cuba (5,5) y Paraguay (5,2). Chile y Uruguay tienen el 5 por ciento; Perú, 4,8, mientras que Argentina, Costa Rica y República Dominicana muestran, igual que Colombia, un 4,7 por ciento.
La depresión, conocida también como trastorno depresivo mayor o depresión unipolar, es una enfermedad mental capaz de causar numerosos síntomas psicológicos y físicos. Su síntoma más conocido es una tristeza profunda y prolongada.
El documento de la OMS, revelado en Ginebra (Suiza), también estableció que la depresión es 1,5 veces más común entre las mujeres que en los hombres. Y tres grupos de edad son particularmente vulnerables: jóvenes, mujeres embarazadas y en estado de posparto –a un 15 por ciento se le diagnosticaría depresión en el futuro– y los ancianos, especialmente los jubilados.
De hecho, el Estudio Nacional de Salud, Bienestar y Envejecimiento (Sabe 2015), revelado por el Ministerio de Salud el año pasado, confirmó que cuatro de cada 10 personas mayores de 60 años habían tenido algún síntoma depresivo, fundamentalmente por falta de recursos económicos.
El documento de la OMS evidenció también que la depresión no deja de expandirse. En la última década, del 2005 al 2015 aumentó en 18,4 por ciento su alcance, y, según Dinesh Bhugra, presidente de la Asociación Mundial de Psiquiatría –que representa a más de 200.000 profesionales de esta disciplina–, para el 2020 esta enfermedad será la más frecuente en el mundo, por encima de las cardiovasculares y el cáncer.
Al año, apunta el informe, la depresión cobra la vida de 788.000 personas, sobre todo por suicidio. Y si bien la propia OMS recalca que hay tratamientos eficaces para combatirla, reconoce que más de la mitad de los afectados en el mundo (y más del 90 por ciento en muchos países) no los reciben.
El documento de la OMS también resaltó los obstáculos para acceder a los tratamientos. Entre otros, la falta de recursos y de personal médico capacitado, la estigmatización que tienen los trastornos mentales y una evaluación clínica inexacta o errónea.
La estadística en Colombia respalda la afirmación de la OMS. La Asociación Colombiana de Psiquiatría indica que solo uno de cada 10 colombianos con depresión recibe tratamiento adecuado, y la más reciente Encuesta Nacional de Salud Mental (2015) señala que solo el 38,5 por ciento de los adultos entre 18 y 44 años que solicitaron algún tipo de atención en salud mental la recibieron.
Las pérdidas no son solo en vidas. Económicamente, por motivos como la caída en la productividad, la apatía o la falta de energía, cuesta mundialmente más de 1 billón de dólares, calculó la OMS. “La depresión es lo que contribuye en mayor parte a años vividos con discapacidad. Por lo que es una causa principal de discapacidad en el mundo actualmente”, dijo el médico Dan Chisholm, del Departamento de Salud Mental y Abuso de Sustancias de la OMS.
La depresión, un grave problema de salud pública
Aunque el informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS) ubica a Colombia con unas cifras por encima de los promedios mundiales, lo cierto es que de acuerdo con autoridades locales expertas en el tema, la depresión en el país podría ser sensiblemente superior a los datos de la agencia internacional, aunque hay que decir que no hay claridad en las cifras de Colombia.
Rodrigo Córdoba, presidente de la Asociación Psiquiátrica de América Latina (Apal), advierte que Colombia cuenta con cuatro estudios oficiales de salud mental (1993, 1999, 2004 y 2013), los cuales muestran que las cifras de este trastorno se ubican en todos los grupos de edad entre el 12 y el 19 por ciento.
Sin embargo, la Encuesta Nacional de Salud Mental hecha en el 2015 ubica la depresión mayor en general en un 4,3 por ciento en toda la población, siendo 5,4 por ciento en mujeres y 3,2 por ciento en hombres.
Más allá de las cifras, Marcela Alzate, presidenta de la Asociación Colombiana de Psiquiatría, asegura que estos porcentajes son más elevados en los adolescentes, y significativamente más altos en la tercera edad, con una afectación en mujeres en una relación de 2 a 1 con respecto a los hombres.
Córdoba considera que la mayoría de los casos pasan sin tratamiento porque casi todos los pacientes normalizan la enfermedad, es decir, piensan que es parte normal de la vida. Además, el psiquiatra asegura que algunas personas somatizan el trastorno y lo relacionan con problemas físicos como consecuencia de dolores y otras enfermedades por las cuales consultan sin encontrar diagnóstico.
Pero también porque socialmente se ‘psicologiza’ este mal a partir de explicaciones relacionadas con reacciones normales frente a situaciones de la vida cotidiana y no piensan que es una enfermedad.
No obstante, los dos especialistas insisten en que quizás una de las principales dificultades para categorizar este problema en su verdadera dimensión radica en que la sociedad estigmatiza las enfermedades mentales, al punto de que quienes las padecen se consideran vergonzantes. Aquí, dice Alzate, “el equilibrio emocional también se rompe”.

martes, 10 de enero de 2017

Rachel Kelly: Lo que aprendí de la depresión y lo que algunos doctores no te dicen

Por:  María Fernanda - Tomado de PSYCIENCIA | 14 de enero de 2016
_______________________________________________


Recuerdo la primera vez que hablé con una persona diagnosticada con depresión sobre su trastorno. Nunca antes había visto un pastillero. El suyo tenía marcados los siete días de la semana en las tapas y era lo suficientemente grande para que entraran las cuatro o cinco pastillas diarias que consumía.

No conversamos mucho (quizás los hechos de que yo fuera adolescente y que nos conocíamos hacía muy poco tiempo pudieron haber influido), pero fue suficiente para dejarme pensando en las cosas que me contó. Me resultó muy intrigante escuchar (por primera vez) que un trastorno de salud mental pudiera tener tantas repercusiones en la salud física, y que fueran así de terribles. Hoy pienso en todas los otras cosas que esta persona pudo haber pasado, que eran inimaginables para mí en ese momento: cómo pudo haber afectado a su trabajo, o a sus relaciones familiares y con otras personas, por ejemplo.

Rachel Kelly, es una ex periodista del London Times y autora del libro Black Rainbow: How Words Healed Me, My Journey Through Depression (Quercus USA) (Arcoiris Negro: Cómo me curaron las palabras, Mi viaje a través de la depresión). Ella, al igual que muchos, antes de padecer depresión tenía una visión limitada de lo que este trastorno significa y trae aparejado. A lo largo de los años fue descubriendo por medio de la experiencia varios aspectos de la depresión que no solo eran nuevos para ella, sino que además son asuntos poco hablados tanto en el consultorio médico como entre pares.

Rachel escribió un artículo muy interesante titulado “Lo que aprendí de la depresión y lo que algunos doctores no te dicen,” en el cual comparte enseñanzas que le ha dejado la experiencia de atravesar por la depresión, con un claro objetivo en la mira: “solo con una discusión más abierta y realista de esta enfermedad podemos reducir el estigma y explorar nuevas curas.”

Comparto con ustedes una traducción de su artículo.

***

Antes de sufrir depresión clínica, pensaba que “estar deprimida” significaba un descenso lento en el letargo y el bajo estado de ánimo. La depresión puede de hecho presentarse de esta manera. Pero mi experiencia fue distinta.

Lo primero que descubrí es que la depresión puede golpear repentinamente. A las 6 p.m. una tarde hace 12 años, yo era una madre de 38 años de edad que recientemente había dado a luz a gemelos. También era una ex periodista del London Times, dando una ruidosa fiesta en el vecindario. Estaba intentando tenerlo todo. Pocas horas después, era suicida.

Puedo recordar el momento en que supe que había perdido mi batalla contra un enemigo terrorífico. Nuestra casa en la pequeña Notting Hill, Londres Oeste, estaba llena con familiares, amigos y vecinos para nuestra fiesta anual de Navidad: habían periodistas, abogados y escritores, así como políticos conservadores, incluyendo varios que podrían postularse para dirigir el país. También estaban los colegas de mi esposo Sebastian, que en ese momento era un banquero junior en Goldman Sachs.

Yo estaba tratando de ser la anfitriona consumada, haciendo que extraños se conozcan como si estuviera coreografeando un baile elaborado. Pero mi error fue pausar brevemente para respirar en la cocina en medio de las copas sucias y las bandejas vacías. En ese momento, sentía como si una trampa se hubiera abierto, y yo estuviera cayendo. Se sintió como si yo estuviera en un avión que estaba a punto de estrellarse.

Esta es la segunda cosa que aprendí sobre la depresión: puede presentarse con síntomas físicos alarmantes. Los míos incluyeron náuseas – me sentía como si estuviera a punto de vomitar y no podía comer. Y pensé que estaba teniendo un ataque cardíaco – mi corazón latía salvajemente.

El síntoma más desagradable fue una activa sensación de miedo porque un desastre estaba por ocurrir. Algo terrible iba a pasar y yo no podía hacer nada para detenerlo.

Un psiquiatra me dio pastillas para dormir, las que me ayudaron a descansar. Pero cuando me despertaba, todos los síntomas volvían. Pronto estaba tomando antidepresivos para tratar mi ansiedad, beta bloqueadores para frenar mi corazón acelerado, otras drogas para reducir las náuseas, y pastillas para dormir a la noche.

El Dr. John Horder, un ex presidente del Britain’s Royal College of General Practitioners (Colegio Real Británico de Médicos Generales), una vez vinculó los efectos físicos de la depresión a dolores coronarios. Dijo que si tuviera que elegir entre sufrir cólicos renales, un ataque cardíaco, o un episodio de depresión severa, el evitaría la depresión.

Un tercer aspecto que descubrí de la depresión, que los psiquiatras naturalmente no tienden a compartir, es el tiempo que puede tomar que los antidepresivos surtan sus efectos. Correctamente, los doctores intentan darnos la esperanza de que nos recuperaremos rápidamente. La Asociación Americana de Psiquiatría es cuidadosa con sus palabras en su sitio web. “Los antidepresivos pueden producir alguna mejora dentro de la primera o segunda semana de uso.” Prestá atención al “pueden.”

Los medicamentos parecían no hacer diferencia alguna, al menos no las primeras seis semanas. El problema fue que esas seis semanas fueron las más largas de mi vida. Durante ese tiempo me sentí suicida y mi único consuelo vino de la oración y la poesía, que me proveían lo que Robert Frost llamó “una estancia momentánea contra la confusión.”

No estoy segura sobre a qué otra cosa podés acudir cuando soñás con terminar tu vida y los fármacos no parecen estar funcionando. Mi linea favorita de Corintios dice “Mi fuerza se perfecciona en la debilidad.” De alguna manera le dio sentido al horror. Emergería más fuerte. Repetiría la frase, como un mantra. Fue la primera muestra de voluntad positiva.

Lo cuarto que aprendí, y de nuevo es algo que los psiquiatras bastante naturalmente no tienden a enfatizar, son los desagradables efectos secundarios que vienen con los antidepresivos. A través de los años, tomé diferentes tipos de antidepresivos, incluyendo los clásicos tricíclicos o TCAS, así como las generaciones más nuevas de píldoras, conocidas como ISRS, o inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina. Todos ellos tuvieron efectos secundarios.

Estos incluyeron el aumento de peso: yo mido 1,52 m., y normalmente peso alrededor de 50 kgs. Los medicamentos me hicieron subir cerca de 8 kgs. También me hicieron sentir náuseas. Algunos hicieron que mi lengua se sintiera entumecida, un desierto detrás de mis dientes. Mis labios se partieron. A veces sentía como si estuviera vestida con plomo. Si, los medicamentos funcionaron en el sentido de que la sensación de estrellarse disminuyó, pero ahora yo era como un insecto atrapado en ámbar. Como para una vida romántica…

La quinta cosa que descubrí, y es otro aspecto de la enfermedad que los psiquiatras tienden a callar, es lo difícil que puede ser dejar los antidepresivos. Después de mi segundo episodio depresivo, me tomó cerca de 18 meses, y durante ese tiempo no pensé en otra cosa.

Lo que aprendí es que los antidepresivos son medicamentos serios para una enfermedad seria, e idealmente deberían ser usados por periodos cortos. No deberían ser comercializados para las caídas de la vida, lo que Freud llamó nuestra “infelicidad humana ordinaria.” Los doctores deben dejar esto más claro.

La sexta cosa que aprendí fue que necesitaba cambiar radicalmente mi vida para reducir mis chances de enfermarme de nuevo. La terapia me enseñó que tenía que reevaluar lo que entendía como definición de éxito. Tenía que enfrentar la verdad incómoda de que tratar de “tenerlo todo” – ser esposa, madre, mujer de carrera y anfitriona –  lleva a la “crisis”.

Mi descenso a la depresión es una historia con moraleja para cualquiera que trata de hacer malabares con las múltiples demandas del trabajo, la familia y sus propias necesidades de estatus y aprobación por encima de su propio bienestar emocional y salud.

Ahora, trato y llevo una vida lo suficientemente buena. Tengo cuidado con mi perfeccionismo implacable, y he intentado desarrollar una voz interna más compasiva, menos juzgadora de mí misma y de otros.

Mi propia caja de herramientas de estrategias para vencer lo que Winston Churchill llamó el “Perro Negro” ejerce los poderes curativos de la poesía, la que conocí por primera vez cuando estaba agudamente enferma. Es gratis, no tiene efectos secundarios, me arraiga en el presente, hace que deje de preocuparme por el futuro o de arrepentirme del pasado, y me da un relato positivo dentro de la cabeza.

El ejercicio es crucial, y también lo es la dieta. Ahora soy partidaria de las vitaminas B (buenas fuentes incluyen atún, lentejas, huevos, legumbres, verduras de hojas verdes), una deficiencia de ellas puede llevar a la “depresión profunda.” Aprender a practicar mindfulness también ayuda a bajar los niveles de estrés – enfocarse sin juzgar en lo que se está experimentando en el momento.

Mi otra estrategia es involucrarme en acciones nobles, lo que George Eliot llamó “actos ahistóricos” de bondad. Siempre me siento mejor después de uno de los taller de poesía que dirijo en nuestra prisión local o después de ser voluntaria para organizaciones benéficas de salud mental.

Desde que escribí lo que me pasó, me dí cuenta de que no estoy sola. Recibí respuestas de cientos de otros cuyas experiencias de depresión fueron similares.

Mi esperanza en compartir lo que aprendí es que todos podamos ser más abiertos sobre las diferentes formas en que la depresión puede afectar a las personas. Es una enfermedad que puede golpear repentinamente, con síntomas físicos horribles, y el tratamiento con medicación no siempre está exento de efectos secundarios o problemas.

Por otra parte, una vida privilegiada no significa una salud privilegiada, y pueden haber altos costos por las múltiples demandas que muchas mujeres en particular afrontan ahora. Solo con una discusión más abierta y realista de esta enfermedad podemos reducir el estigma y explorar nuevas curas – como dejar de lado las fiestas de Navidad.

Podés visitar el sitio web de Rachel: www.blackrainbow.org.uk, o seguirla en twitter @RachelKellyNet.

Fuente: Medicaldaily

Charla con el autor del atlas de la depresión

Por:  Sofía Beuchat - El Mercurio (Chile) | Tomado del diario El Tiempo | 26 de Junio de 2016
_______________________________________________

Andrew Solomon escribió el mejor tratado sobre este mal, que afecta al 15% de los adultos del mundo.
_______________________________________________

“Yacía en mi cama helado, llorando por el hecho de estar demasiado asustado para ducharme, y sabiendo, al mismo tiempo, que no hay nada que temer de una ducha. Pasaba revista a los pasos que debía dar: mueves las piernas y apoyas los pies en el suelo, te pones de pie, te diriges al cuarto de baño, abres la puerta, caminas hasta el borde de la tina, abres la llave, te metes bajo el agua, te frotas con jabón, te sales, te secas, vuelves a la cama. Doce pasos que para mí resultaban abrumadores. En ocasiones rompía a llorar, no solo por lo que no podía hacer, sino por el hecho de que no poder hacerlo me parecía decididamente estúpido (...)”.

Crisis. Así se llama el capítulo más personal de ‘El demonio de la depresión’ (Debate, 2015), libro en el que un atribulado, erudito y muy informado profesor de la Escuela de Psiquiatría de la Universidad de Cornell llamado Andrew Solomon (52 años) demuestra, a partir de su propia experiencia, que estar deprimido no es sentirse triste o pesimista, sino un estado en el que simplemente vivir duele. Y las tareas más sencillas –ducharse, comer, conversar– parecen titánicas.

Le pasó a él poco antes de cumplir 41. Se desmoronó. No durmió y al día siguiente no pudo levantarse. Se quedó tendido en la cama, sin poder hablar ni moverse. “Comencé a llorar, pero sin lágrimas, y el llanto era una suerte de estremecimiento incoherente. Alrededor de las tres de la tarde logré levantarme e ir al baño. Regresé a la cama temblando”, apunta.

La depresión, insiste, no es pena, no es preocupación, no es ‘andar bajoneado’. Es, más bien, una profunda pérdida de vitalidad. “La depresión mayor altera el sueño, los apetitos y la energía, aumenta la sensibilidad al rechazo y puede acompañarse de una pérdida de la confianza en sí mismo y del amor propio. (...) Se trata de una fuerte sensación paralizante, cargada de un sentimiento de inminencia: los depresivos utilizan todo el tiempo la expresión ‘estar al borde de un abismo’ para indicar el paso del dolor a la locura (...)”, dice en este completísimo volumen de casi 700 páginas que su editorial define como “un atlas de la enfermedad”. Tomó cinco años escribirlo y ha sido traducido a 24 idiomas.

Este trabajo ha convertido a Solomon en conferencista y referente académico: junto con su labor como profesor en Cornell, es miembro del directorio del Centro de la Depresión de la Universidad de Michigan y ha sido premiado por su contribución a la salud mental por varias instituciones, entre ellas la Universidad de Yale y la Sociedad de Biología Psiquiátrica de Estados Unidos. Pero Solomon no es psiquiatra ni psicólogo, sino escritor: estudió inglés en Yale y luego obtuvo un máster en lengua inglesa en Cambridge. Comenzó su vida profesional como corresponsal de guerra y hoy está en librerías con ‘Lejos del árbol’ (2015), un libro en el que aborda relaciones entre padres e hijos marcadas por la dificultad.

La primera edición de ‘El demonio de la depresión’, del 2001, obtuvo el National Book Award y fue finalista al Premio Pulitzer. Además, fue seleccionado como uno de los cien mejores de la década por la revista ‘Time’. La crítica alabó la profundidad y la valentía con las que revela su propia experiencia, así como su extensa investigación, que incluye historias humanas, entrevistas con médicos, científicos y farmacológicos, y hasta políticos y filósofos. Este año, una segunda edición llegó a librerías con nuevos capítulos e información actualizada sobre medicamentos y terapias, más un seguimiento de las personas que habían dado su testimonio.

“Cuando comencé a recuperarme de mi primera crisis depresiva, el libro que yo necesitaba leer no existía. Había libros médicos, testimoniales, científicos, históricos, pero nada que reuniera todo eso”, cuenta desde su casa en Nueva York.

“Más que buscar respuestas para mí mismo, quería encontrarlas para ayudar a otros. El libro no hará que nadie deje de estar deprimido, pero al menos lo hará sentir un poco menos superado por lo que le sucede”.

“Y es que a pesar de todo lo que se ha escrito sobre depresión, la gente sigue pensando que es solo tristeza o una pena profunda y larga, pero no una enfermedad que puede ser invalidante”.

“Esto obedece a muchas razones. La primera es la pobreza de lenguaje: usamos la misma palabra para referirnos a un niño que está triste porque cancelaron su partido de fútbol en el colegio que para hablar de alguien que está a punto de suicidarse. Pero más allá de esto está la idea subyacente de que las enfermedades psiquiátricas en su conjunto son algo que la gente puede superar por sí misma, como si no fueran realmente enfermedades”.

¿A qué atribuye eso?

Es así porque aún sabemos poco sobre su bioquímica y origen. Pero también porque todos han pasado por momentos en los que sienten lo mismo que una persona deprimida; se han sentido mal consigo mismos por algunas horas, pero luego logran recomponerse. Otras personas pasan por estas sensaciones día tras día, semana tras semana, mes tras mes. Y las personas que sí han logrado recomponerse no entienden qué tan profunda y física es la experiencia de la depresión; no dimensionan cómo, para los afectados, es realmente imposible salir adelante por sí mismos.

La mayoría recae


A nivel internacional, la depresión es un problema extendido: la Organización Mundial de la Salud estima que la sufren más de 350 millones de personas. La tasa mundial de adultos con depresión es de alrededor del 15 por ciento. Las mujeres son las más afectadas: una de cada cuatro tendrá al menos un episodio de depresión en su vida, mientras que entre los hombres la cifra es uno de cada nueve.

En Colombia, la Encuesta Nacional de Salud Mental 2015, elaborada por la Universidad Javeriana y el Ministerio de Salud, reveló que el 10 por ciento de los adultos del país están afectados por problemas mentales de distinto orden, y que uno de cada cuatro de estos adultos sufre de depresión.

Según la OMS, el 75 por ciento de los pacientes que han tenido depresión volverán a tenerla a lo largo de su vida. Por eso, para Solomon, la depresión debiera ser considerada una enfermedad crónica y recibir tratamiento permanente, tal como la diabetes.

“La depresión –explica– es una batalla extenuante. Una vez que la reconoces, requiere control de por vida. Hay gente que se deprime una vez, se recupera y nunca más vuelve a enfrentar esta enfermedad. Pero la mayoría de las personas que se deprimen una vez vuelven a deprimirse, y quienes lo hacen dos o tres veces más tienen muchas probabilidades de repetir el problema, a menos que reciban un tratamiento exitoso que les permita romper ese ciclo”.

Él mismo, apenas empieza a sentir que se acerca un nuevo período depresivo, comienza a prepararse: cancela compromisos que puedan ser muy agotadores o estresantes y se preocupa de regular su sueño, hacer deporte y cuidar su alimentación, lo cual, según sus hallazgos y experiencia personal, atenúa bastante el golpe depresivo. Y sigue siempre con su terapeuta y sus antidepresivos, además de preocuparse por mantener contacto con la gente que quiere.

Muchas personas que sufren depresiones severas no logran el éxito en sus trabajos, formar pareja o construir una familia, pues pasan mucho tiempo sin poder producir o relacionarse con los demás. Pero este conjunto de aparentemente simples acciones, asegura Solomon, es lo que le ha permitido construir, pese a los bajones cíclicos que lo aquejan, una carrera profesional exitosa. Además, ha podido asumir un no poco desgastante rol como activista por la diversidad sexual y tener una familia: Solomon está casado con John Habich, con quien tiene un hijo adoptado. También tiene un hijo biológico con una compañera de universidad y es padre de dos niños de madres lesbianas.

“Uno no escucha a una persona que tuvo un ataque al corazón decir que dejó los medicamentos por un rato; sabe que si lo hace podría volver a tener otro ataque. Pero sí oyes todo el tiempo a personas que cuentan que estuvieron deprimidas y decidieron controlar el tema por sí mismas, o que dejaron los fármacos porque ya se sentían mejor, y luego tienen grandes recaídas. No hay que exponerse continuamente a esto; mientras más depresiones tengas, más difíciles serán de tratar. La gente cree que es fuerte al dejar a su terapeuta o sus medicamentos, pero no están siendo fuertes o valientes, lo que son es unos necios”.

Mucha gente se resiste a tomar medicamentos o está en contra de ellos por otro tipo de razones...

Yo no quiero obligar a nadie a tomarlos. Mi experiencia es que son extremadamente poderosos y efectivos y que pueden hacer una diferencia. La gente que ha decidido no ingerirlos ha tomado una decisión, y es su responsabilidad. Pero muchas veces esta decisión viene de un miedo que me parece irracional; es una ansiedad basada en prejuicios. Actúan como si tomar un medicamento fuera como perder la virginidad; un paso adelante sin retorno. Yo pienso que es mejor probar y ver.

Se ha dicho que usted propone una fórmula basada en ‘amor y pastillas’...

Esa es una visión muy reduccionista. Lo que yo digo es que, en mi caso, fue útil tener un buen terapeuta, fue útil tomar medicamentos y fue bueno haber tenido la fortuna de contar con una familia y un grupo de amigos que me dieron mucho apoyo. El amor es un sostén fuerte, y cuando no lo tienes, salir de una depresión es más difícil.

Pero no siempre es fácil estar cerca de un depresivo. El enfermo muchas veces se retrae a tal punto que construye a su alrededor una barrera impenetrable, infranqueable...

Los depresivos suelen sentir que la interacción con otros es demasiado desgastante. Pero lo peor que los demás pueden hacer es dejar que se aíslen, porque en soledad es cuando estas personas más se hunden. Si el depresivo no quiere conversar, simplemente hay que sentarse a su lado en silencio. A veces ni siquiera toleran eso; entonces hay que instalarse afuera, al lado de la puerta. No puedes irte, tienes que mantenerte involucrado y asegurarte de que el enfermo sienta –sepa– que es amado, con depresión o sin ella.

¿Cuál es límite?

No se trata de hacer que alguien baile con una pierna rota. Pero tampoco puedes dejar que la otra persona se desvanezca en su depresión. Con suavidad, hay que sugerirles que hagan cosas simples, empujarlos siempre un poco más allá, pero de manera amorosa, no exigente.

¿Pastillas o ayuda psicológica?

La intensidad con la que algunas personas viven la depresión las lleva a pensar que se trata de algo meramente fisiológico; un problema químico en su cerebro, del que la persona no es en absoluto responsable. Pero esta visión, según Solomon, no solo es incompleta sino además peligrosa. Hace que muchos pacientes piensen que un medicamento pondrá todo en su lugar. Y no es así.

Solomon afirma que todas las experiencias humanas pueden explicarse químicamente, pero esto no significa que deban tratarse solo químicamente o solo con una terapia psicológica.

“La gente dice: ‘me deprimí porque me pasó algo terrible, entonces no creo que tenga que tomar este fármaco’. O al contrario, que la depresión simplemente llegó, no sabemos de dónde, entonces es algo químico y lo único que hay que hacer es tomar una pastilla. La verdad es que ambos tipos de tratamiento pueden ser efectivos, sin importar cuál sea el origen de la depresión, y que causa y tratamiento son variables independientes”.

Si bien Solomon explora en profundidad todos los tratamientos disponibles, incluidos los alternativos, no intenta develar cuál es el mejor: la enfermedad, explica, es multicausal, y lo que a una persona le sirve, a otra no. Sin embargo, propone un camino que llama ‘forge meaning, construct identity’ (crea significado, construye identidad). En términos simples, esto implica aceptar la depresión como algo propio de la persona afectada, y luego buscarle un sentido.

En su caso personal, ¿qué sentido encontró a todo su sufrimiento?

La depresión me ayudó a ser más sensible, a entender mejor a los otros. Comprendo ahora que el funcionamiento normal de la mente puede ser interrumpido por una enfermedad que te puede hacer actuar de maneras en las que quisieras no actuar, y eso me hace perdonar las alteraciones en los demás. Me ayuda a entender que los cambios de humor en mis hijos no están necesariamente bajo su control y que su conducta debe ser entendida en un contexto. Agradezco cada día en el que me levanto y me siento bien, porque sé cuán doloroso puede ser existir. Esto me hace vivir la vida más intensamente. Lo más importante es que he ganado mucha intimidad conmigo mismo. Me conozco mucho mejor que si nada de esto me hubiera pasado.